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Puede sonar a ciencia ficción, pero en nuestro cuerpo habitan auténticos «zombis». No caminan ni gruñen, pero sí dañan silenciosamente nuestros tejidos. Se trata de las células senescentes, conocidas popularmente como células zombis: células que están vivas, pero que han dejado de dividirse y se resisten a morir.
Por Libertad Digital
El problema no es solo su presencia, sino su comportamiento. Estas células liberan sustancias inflamatorias que afectan a las células vecinas, deterioran órganos y aceleran el envejecimiento biológico. En 2026, la ciencia de la longevidad las señala como uno de los grandes obstáculos para vivir más años con buena salud.
Cuando una célula se daña, lo normal es que se repare o se autodestruya mediante un proceso llamado apoptosis. Sin embargo, algunas células esquivan ambos caminos. Entran en un estado llamado senescencia: dejan de multiplicarse, pero no mueren.
Estas células no son inofensivas. Secretan un cóctel de moléculas proinflamatorias conocido como SASP (fenotipo secretor asociado a la senescencia). Este «veneno» biológico genera inflamación crónica de bajo grado, un fenómeno conocido como inflammaging, directamente relacionado con enfermedades cardiovasculares, neurodegeneración, diabetes, sarcopenia, artrosis o alzhéimer.
Con la edad, el sistema inmune pierde eficacia para eliminarlas, por lo que se acumulan en tejidos como el cerebro, el hígado, los músculos o las articulaciones, debilitando el organismo y robándonos energía.
Paradójicamente, la senescencia no es mala en su origen. Es un mecanismo de defensa clave para evitar que células dañadas se conviertan en cancerígenas. También participa en procesos de reparación, como la cicatrización de heridas.
El problema aparece cuando estas células dejan de cumplir su función puntual y se cronifican. El gran reto científico actual es eliminar las células zombis perjudiciales sin interferir en las que aún cumplen un papel protector.
Aquí entran en escena los senolíticos. Son compuestos capaces de inducir la muerte selectiva de las células senescentes, respetando las células sanas. Durante años, este enfoque estuvo limitado a fármacos experimentales. Sin embargo, en 2026 ha crecido el interés por los senolíticos naturales: fitoquímicos presentes en alimentos cotidianos.